Como si sintiera el intenso peso de su mirada, Alexander giró la cabeza de repente para mirarla. Isabella estaba tan absorta en sus propios pensamientos febriles que sus reflejos la fallaron. Le tomó un segundo largo y devastador apartar la mirada, pero el daño ya estaba hecho. Sabía que él lo había visto. El anhelo crudo y desprotegido. El deseo puro e incondicional que había intentado enterrar durante semanas.
Un calor intenso y ardiente le subió a las mejillas, tiñéndolas de un carmesí inten