A las dos y quince minutos, se paró frente a la puerta de Alexander y golpeó con los nudillos. La puerta se abrió un minuto después. Él también estaba listo, ahora con un traje gris carbón que acentuaba sus anchos hombros, combinado con una camisa blanca como la nieve.
—Llegas puntual —dijo, clavando sus ojos oscuros en los de ella. Se apoyó en el marco de la puerta, recorriendo su rostro con la mirada antes de detenerse en ella, buscando señales de cansancio—. Qué bien. ¿Pero de verdad lograst