Capítulo 3
Me quedé enterrada profundamente dentro de ella, las nueve gruesas pulgadas estirándola al límite, y simplemente miré hacia abajo, al lugar donde estábamos unidas.
La silicona estaba recubierta de blanco con su flujo, hilos de este se pegaban a sus muslos, goteando desde la base del arnés sobre mi propio clítoris.
Mi coño latía tanto que podía sentir mi pulso en él, el líquido resbalando por mis piernas.
“Eres un puto desastre”, dije, con voz baja y cruel.
Salí despacio, viendo cómo