SU PUNTO DE VISTA
Dos manos. Dos hombres arrastrándome en direcciones opuestas, uno desgarrándome, el otro desenredándome centímetro a centímetro.
Mi cabeza cayó hacia atrás, un gemido escapando libre. Ya no podía distinguir quién me tenía: cuyos dedos me provocaban, cuya boca marcaba mi piel, pero no me importaba. Lo único que sabía era que me estaba ahogando en ellos, fuego y terciopelo, pecado y adoración.
El aire nocturno se pegaba a mi piel, cálido y salado, cada ondulación del agua debajo