SU PUNTO DE VISTA
Es miércoles. Amila entró a la oficina tarde otra vez, con gafas de sol puestas, el cabello demasiado brillante como para no delatar que acababa de ser follada, los labios hinchados de una forma que ningún labial podría fingir. Dejó caer su bolso con un golpe seco, se quitó las gafas y me sorprendió mirándola fijamente.
“Te mueres por preguntar”, se burló, dejándose caer en su silla.
Puse los ojos en blanco, pero mi voz me traicionó. “Está bien. Suéltalo.”
Su sonrisa se estiró