CAPÍTULO 35. Un trato
Alan se quedó mudo, con el corazón latiendo a toda prisa y los ojos muy abiertos por el desconcierto. El hombre estaba parado firme como una roca en la puerta de su casa, con los puños apretados mientras una niña pequeña lloraba entre los dos.
—Lyle Weston, ¿te acuerdas de mí? ¡Soy el viudo de tu amante!
—¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó Alan entre dientes, intentando mantener la calma.
—¡Encontré fotos tuyas entre las cosas de Soraia! ¡Encontré todo y le hice una prueba de paternidad