Elena corrió por el patio del preescolar en cuanto oyó el llanto. Mia estaba tendida sobre el mulch de goma, sujetándose el brazo contra el pecho. Lágrimas rodaban por sus mejillas.
“Mami, duele. Me resbalé en el tobogán del cohete”.
Elena se arrodilló a su lado y revisó el codo. Sangre salía de un raspón profundo y la articulación se hinchaba rápido. “Lo sé, cariño. Vamos al hospital ahora mismo. Estás siendo muy valiente”.
La señorita Harper se acercó apresurada con el teléfono en alto. “Esto