Diego volvió en sí y asintió con la cabeza. Lola, con la mirada temerosa, habló con cautela:
—Diego, ¿te he causado problemas? Soy tan torpe que ni siquiera puedo hervir agua.
—No te preocupes, no harás más de esas cosas. Te buscaré una niñera. —Diego le dio una palmadita en el hombro, tratando de consolarla.
—No creo que sea apropiado... —Lola se sintió feliz, pero rápidamente reprimió su entusiasmo.
—Ahora que tienes la mano lastimada, necesitas que alguien te cuide.
—Entonces, Diego, ¿te qued