—¡Diego! —Vicente ya no podía aguantar más y frunció el ceño—. ¡Hables menos!
¿Acaso no vio que el rostro de Irene había cambiado? Si continuaba así, ni él podría ayudarla.
—Daniel no tiene ninguna enemistad contigo, ¿por qué querría incriminarte? Si no hubieras atacado sin razón, ni siquiera habría tenido la oportunidad de hacerlo. —Irene soltó una risa despectiva.
Era cierto. Diego también se rio fríamente.
—¿De verdad no sabes por qué él me tiene animosidad? —Sin esperar que Irene respondiera