Irene volvió a la habitación, sentada al borde de la cama, un poco aturdida.
Poco antes, Diego la había abrazado y llorado por algún motivo; después de un rato, la soltó.
Irene regresó a la habitación confundida, sin haberle preguntado el porqué. Afortunadamente, cuando él entró, Félix estaba dormido, así que Diego no debió haber visto sus ojos.
Pero seguir así no era una solución. Irene suspiró suavemente.
El día ya estaba completamente claro y Félix se despertó, abriendo los ojos.
—Mami... —ll