Diego ahora se arrepentía profundamente de haberse divorciado. Normalmente, ocupaba una posición tan alta que nadie se atrevía a burlarse de él ni a insultarlo. Pero hoy, esos dos lo habían atacado y ofendido sin piedad. Aunque los despreciara desde el fondo de su ser, no pudo evitarlo.
—¿Qué te crees, para opinar sobre mi vida? ¡Eres un nadie! —gritó.
El más joven, que estaba al lado de Irene, tenía lágrimas en los ojos.
—Hermana, ¿escuchas lo que dice? Si tuviéramos alguna opción, ¿estaríamos