Ya no era la primera vez que él la violaba así.
Irene sentía odio y rabia, más que nada asco, y luchó desesperadamente, incluso mordiéndolo sin importar las consecuencias.
Diego, sin embargo, estaba aún más loco que ella; el sabor de la sangre en su boca no lo hizo detenerse, sino que más bien despertó la furia bestial en su ser. Agarró el mentón de Irene, forzándola a aceptar su beso.
Cuando ella intentó levantar una pierna, él la contuvo con fuerza con la suya. Ella, en una posición humillante