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Capítulo: Pedir el divorcio

POV Lyana.

Estuve a punto de salir corriendo en busca de ellos, de gritar, de hacer un escándalo, pero luego perdí las fuerzas, no pude.

Sentía una mezcla de tristeza y rabia que me quemaba por dentro, un fuego silencioso que no podía apagar.

 Cada paso hacia la puerta fue una lucha contra mí misma, contra la voz que me decía que era mejor enfrentar la verdad, aunque doliera.

Abrí la puerta sin pensar demasiado, y lo primero que encontré fue a mi madre, allí, de pie en el umbral, rígida como siempre, con los brazos cruzados y la mirada cargada de juicio.

No necesitaba palabras para saber que su desaprobación estaba lista para caer sobre mí como una tormenta.

Entró sin decir nada, y me observó con detenimiento.

Sentí que mis defensas se caían, aunque me obligué a mantenerme firme, a no demostrar que sus ojos tenían aún poder sobre mí.

—¿Estabas llorando? —preguntó, su voz cargada de reproche y curiosidad al mismo tiempo, esa mezcla que siempre me hacía sentir diminuta, como si fuera incapaz de defenderme.

—¿Qué quieres, madre? —respondí con voz tensa, tratando de que no se notara la vibración que traicionaba mi miedo y mi enojo.

Su mirada, sin embargo, no se suavizó. No había ternura ni comprensión; solo frialdad.

—Tu hermana Atalya volvió, Lanya. Es hora de que este matrimonio falso termine.

Fruncí el ceño, incrédula, sintiendo que sus palabras caían sobre mí como un golpe inesperado, pesado y cruel.

El aire parecía haberse vuelto denso, cada respiración era un esfuerzo.

—¿Qué? —pregunté, incapaz de procesar lo que escuchaba.

—Divórciate de tu marido y déjaselo a tu hermana —dijo, con una frialdad que cortaba más que un cuchillo—. Sabes que ellos siempre se han amado.

Apreté los puños con fuerza, sintiendo que mi cuerpo entero se llenaba de rabia y de incredulidad.

¿Cómo podía mi propia madre sugerir algo tan cruel?

¿Cómo podía pedirle a la hija que había cuidado, que había sacrificado su corazón por su esposo, que simplemente se apartara sin un atisbo de justicia o consideración?

A veces me preguntaba si esa mujer era realmente mi madre, porque nunca había recibido de ella ni la mitad del amor que Atalya parecía tener a su disposición.

—¿Y por qué lo haría yo? —exclamé, mi voz más firme y alta de lo que esperaba—. Tu hija favorita se largó a divertirse con cinco millones de dólares, y yo fui quien se sacrificó. ¿Por qué debería simplemente irme y dejarle el camino libre?

Mi madre me miró, sorprendida por la intensidad de mi respuesta. Sus ojos se abrieron ligeramente, y por un instante pensé que dudaba de su propia autoridad, pero solo fue un instante. Su rostro volvió a endurecerse, implacable.

De pronto, me abofeteó.

Me quedé ahí, con la tristeza y la rabia ardiendo, pero no lloré, no iba a darle el gusto de verme rota, a veces mi madre, la que debería amarme y ser mi aliada, solo me parecía a una vieja enemiga.

—Entonces, ¿te opones? —preguntó, con un tono que mezclaba desafío y curiosidad—. Dime, Lanya… ¿tu esposo y tú han tenido sexo en este tiempo?

Sus palabras me dejaron congelada. No podía creer que, después de todo lo que había pasado, tuviera el descaro de cuestionar algo tan íntimo. Sentí que el mundo giraba demasiado rápido a mi alrededor, que la gravedad de su audacia me mantenía clavada al suelo.

Me quedé en blanco, incapaz de responder. Mi garganta se cerró, y un nudo de rabia y humillación se formó en mi pecho.

Luego sonrió, con esa tranquilidad aterradora que siempre parecía presagiar derrota. Como si ya hubiera ganado antes de hablar.

—Lo ves —dijo—, él no te ama, cariño, nunca lo hará. Hace unas horas se acostó con tu hermana. Él ya no es tuyo. Lo siento. Eres la tercera rueda. Conserva tu dignidad y divórciate.

—¡Vete ahora mismo de aquí!

—¡Lanya soy tu madre!

Sonreí.

—¿En serio? Pareces más una enemiga que casi lo olvido. ¡Guardias!

Los guardias de la casa aparecieron.

—Llévense a esta mujer fuera de casa y sin mi permiso, no puede volver a entrar.

—¡Lanya te arrepentirás! Abandona el puesto de señora Elizalde y déjalo a Atalya o te espera un infierno.

La vi salir, pero sentí tanta frustración, mi propia madre… ¿Cómo puede odiarme tanto?

Retrocedí unos pasos, me tragué las lágrimas y respiré hondo, obligándome a no llorar.

No más, ya no más.

Estaba harta de ser la segunda opción, la que nunca recibía nada, la que daba todo y a cambio solo encontraba frialdad y abandono.

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