Amelia no se atrevió a decirle nada. Las pruebas positivas quemaban en su mano, pero la incertidumbre se apoderaba de ella. Se sentía demasiado insegura, demasiado vulnerable para soltar una bomba así justo ahora. Guardó los test en su bolso y, con una sonrisa forzada, le preguntó:
—¿Qué haces aquí?
Maximilian, con esa ceja elevada que tanto la descolocaba, le respondió:
—¿No puedo entrar a tu oficina?
—No, no quiero decir eso—apresuró a aclarar Amelia, el corazón latiéndole a mil por h