El regreso a casa después de la cena se sintió diferente, impregnado de una nueva armonía y una promesa tácita. Las luces de la ciudad pasaban como un borrón, y el silencio en el coche de Maximilian ya no era de incertidumbre, sino de una cómoda expectativa. Amelia miraba por la ventanilla, una sonrisa tenue en sus labios. Todo se sentía… nuevo.
Al día siguiente, la alegría continuaba. Laura, la amiga incondicional, estaba radiante al enterarse de la reconciliación.
—¡Estoy tan feliz por ust