Natalia contuvo la respiración cuando la enfermera insertó la aguja en su brazo. Aunque no era la primera vez que se hacía un análisis, la tensión del momento hacía que todo pareciera más doloroso de lo normal.
Su mirada vagó hacia la ventana del pequeño laboratorio, donde los rayos del sol parecían intentar colarse entre las persianas. El lugar tenía un olor esterilizado, típico de los centros médicos, y el leve zumbido de las máquinas era lo único que rompía el silencio.
—Tranquila, Natalia.