Con la culpa atravesando su pecho, Daniel caminó con pasos erráticos por las calles de la ciudad, rumbo al bar que frecuentaba en momentos de desesperación.
Su mente era un torbellino de reproches imposibles de callar.
Natalia le había confiado su dolor, su confusión, y él, en lugar de apoyarla, había decidido alimentar el resentimiento de Simón hacia ella. Todo por un video que él pudo haber mostrado y aclarado hace tiempo.
No podía culpar a nadie más. Era su decisión. Había retenido esa ver