La tensión se sentía desde que cruzaron el umbral de la casa. Isabella, aún alterada, continuaba discutiendo lo ocurrido en el bar.
Sus palabras resonaban como dardos envenenados en el aire, buscando un blanco que Simón se negaba a proporcionar.
—¡No puedo creer que me dejaras expuesta de esa manera, Simón! —gritó, siguiéndolo mientras él caminaba hacia el despacho—. ¿Sabes cuántas fotos tomaron esos malditos paparazzi? ¿Qué pensarán ahora las revistas de sociedad? Todo por culpa de ese imbéc