Simón se cruzó de brazos, mirando a Isabella con desconfianza. Su voz era dura, sin rastros de la paciencia que solía mostrarle.
—Mejor dime, ¿qué haces tú aquí? —su voz salió filosa—. ¿Me estás siguiendo?
—Por supuesto que no —dijo, aunque su tono carecía de la firmeza habitual—. E-Es… es pura casualidad que esté aquí.
Simón ladeó la cabeza, y sus labios se curvaron en una sonrisa que no alcanzaba sus ojos.
—¿Casualidad? Entonces no viniste a verme a mí en absoluto.
—¡Claro que sí! —se