El aire fresco de la tarde se sentía denso, casi pesado, mientras Natalia terminaba de despedirse de todos. Sus palabras de triste despedida flotaban en el ambiente, pero en sus ojos brillaba una determinación férrea.
Nathan, en brazos de su madre, era besado por sus abuelos, quienes lo miraban con una mezcla de cariño y melancolía.
—Pórtate bien, mi amor —murmuró Graciela mientras acariciaba su mejilla—. Te vamos a extrañar.
—Te veremos pronto, campeón —añadió Roberto, con una sonrisa afectuo