El ambiente en la mansión Cáceres era asfixiante.
Isabella, sentada al borde del sofá, tamborileaba nerviosamente con los dedos en el brazo del mueble. Sus pensamientos se arremolinaban entre la ira y la desesperación.
La escena con sus padres había sido un desastre, y la reacción distante de Simón la tenía al borde de un colapso. Se sentía acorralada.
Simón estaba sentado frente a la chimenea apagada. Su postura era rígida, sus codos estaban apoyados en las rodillas y sus manos entrelazada