Henry Mcgregor tamborileaba los dedos sobre el brazo de su sillón, su mandíbula estaba apretada y su mirada fija en el fuego de la chimenea.
—Isabella —murmuró con una furia contenida, casi como si la sola mención de su nombre quemara su lengua.
Hugo, su fiel vasallo, estaba de pie a un lado de la sala, observándolo con la lealtad de un hombre dispuesto a cualquier cosa.
—Siempre supe que esa mujer no era de fiar —dijo Hugo con voz firme—. Pero esto… esto cruza cualquier límite.
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