—¡Malditos! —exclamó, intentando recobrar el aire.
—Eso fue solo el principio, princesa —se burló el hombre de los tatuajes mientras se tronaba los nudillos.
Delia forcejeó contra las cuerdas que la ataban, pero sus muñecas estaban heridas y cada movimiento le arrancaba un gemido de dolor.
Apenas había logrado enderezarse cuando otro golpe llegó, esta vez directo a sus costillas. Sintió cómo algo dentro de ella crujía, y un grito ahogado escapó de sus labios.
—¡Basta! —gritó con voz raspos