La luz tenue del apartamento apenas iluminaba el rostro de Natalia, quien respiraba entrecortadamente, envuelta en una crisis de nervios que la sacudía sin cesar.
Había llamado a Delia con una voz quebrada y temblorosa, buscando en su amiga un poco de apoyo mientras sentía cómo la soledad le pesaba hasta el punto de ahogarla.
Delia, sentada junto a ella, le acariciaba la espalda en un intento de calmarla, aunque sus propios pensamientos parecían empañados por el miedo que Simón había sembrado