El centro del conflicto era el brillo helado en los ojos de Keiden y la sonrisa cínica que jugaba en los labios de Simón.
—¿Qué, vas a golpearme? Adelante, Keiden, demuéstrame que no eres tan correcto como aparentas —provocó Simón, cruzando los brazos mientras daba un paso hacia él.
Keiden apretó los dientes. Su mandíbula marcada temblaba con el esfuerzo de contener la rabia, acercándolo lo suficiente para que Simón pudiera sentir el calor de su respiración.
—No me provoques, Simón —siseó,