Casado

Le besó el rostro infinitas veces y le ordenó el cabello humedecido hacia atrás, cepillándoselo con sus dedos.

—Es muy grande para mi sola —reconoció ella.

—¿Quién dijo que ibas a estar sola? —insistió él y le guiñó un ojo.

Lexy gruñó rabiosa y se revolvió bajo el cuerpo del hombre. Él la aplastaba sin quitarle el aire. Le transmitía un calor tan delicioso que, la muchacha se sintió protegida.

—¡Tú lo dijiste! —regañó ella y se sentó en el centro de la cama una vez que el hombre la liberó—. Dij
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