Más dulce que un rollo de canela y más cálido que un café negro.
—Ya no tengo apetito —confesó y lo miró con temor.
Joseph nada respondió y se levantó de su silla para caminar hasta el inicio del casino. Cerró la puerta con seguridad y encendió la máquina de café, donde configuró un cronómetro con diez minutos en su panel.
—Tenemos diez minutos, las capacitaciones son muy breves —acotó él y se quitó el saco azul oscuro que llevaba.
Se plantó frente a ella y, no obstante, Lexy seguía mirándolo a