Después de terminar la sopa, la abuela Hernández sacó una toallita y se limpió los labios con mucha elegancia. Se rio hacia Noa y dijo, –– La sopa está riquísima. Muchas gracias, mi querida niña.
Noa también le respondió con una sonrisa. Era hora de salir. La cosa debería terminar así.
–– Abuela, voy a…
–– Querida, tengo algo para ti.
Las palabras de despedida de Noa se detuvieron en su garganta.
La abuela se quitó una pulsera de su muñeca, se la pasó a Noa y dijo, –– Toma.
Era una pulsera de