IRINA VOLKOV
Dos copas de vino dentro de la noche y ya había memorizado toda la sala.
Era costumbre. Lo mismo que había hecho en cada cafetería, cada restaurante y cada lugar donde alguna vez llevé a cabo una estafa. Contar las salidas. Identificar las variables. Saber quién vigilaba a quién y por qué. Esa habilidad me había mantenido con vida durante dos años y no se apagaba solo porque esta noche no estuviera trabajando.
O eso me decía a mí misma.
La verdad era que la sala era interesante. Es