Es la mañana del domingo, Gabriela me llama para encontrarnos en un café del centro de la ciudad.
En una mesa está sentada, una hermosa dama, con un traje sencillo, pero que le queda muy bien, un poco holgado, su maquillaje es sumamente discreto y unos tacones bajos, me acerco a la mesa.
—Gabriela, ¿eres tú?
—Sí amiga soy yo.
—¡wow! Qué cambio.
— Te dije que iba a cambiar, por mi hija voy a cambiar.
—Y por ti también amiga, estás hermosa, te ves mucho más bella