CAPÍTULO 37 Cuando el pasado entra al salón
Diana lo miró.
No lo mató con la mirada.
Eso hubiera sido más fácil.
Lo atravesó como cuchillos afilados, como si de pronto el restaurante entero hubiera desaparecido y solo quedaran ellos dos, frente a frente, con una historia mal cerrada respirando entre ambos.
Rodrigo, que venía con una sonrisa lista, con la mano levantada para saludar a Lissandro, se quedó quieto.
El tiempo se paró, igual que su corazón.
—Vos… —murmuró.
Diana habló primero