Unos segundos después, Isabella escuchó el rugido del motor del auto encendiéndose afuera, mientras Max lo calentaba.
Sus quejas no cesaban mientras avanzaba con dificultad, jadeando y arrastrando la enorme maleta que contenía tanto su ropa como la de su esposo. Las manos le temblaban por el peso, y bajó los escalones con cuidado, temerosa de resbalar.
En el patio, Max estaba de pie junto a su auto con el maletero abierto. Cuando Isabella llegó hasta él, él le arrebató la maleta con brusquedad.