El hombre que salió del coche era el mismo con el que Isabella se había encontrado esa tarde: Miguel.
—¡Señorita, es usted! —exclamó Miguel, visiblemente encantado de verla otra vez.
—¿Tú? —La voz de Isabella sonó débil; su rostro estaba pálido y sus ojos aún hinchados por haber llorado.
—¿Has estado llorando? —preguntó Miguel, entrecerrando los ojos mientras estudiaba su expresión.
—No —Isabella negó rápidamente con la cabeza.
—No mientas —dijo él con suavidad—. Es evidente que sí. Si quieres