Mundo ficciónIniciar sesiónShayla Heart tem 27 anos, é uma jovem extremamente independente que quer se tornar uma arquiteta. Depois de meses de entrevistas malsucedidas, sua sorte muda quando ela arruma um emprego numa das mais prestigiadas firmas de arquitetura do mundo, a Cult Designs, em Londres. Porém, uma noitada com suas duas melhores amigas para celebrar o novo emprego, rapidamente perde o controle quando ela se vê em Las Vegas, embriagada, sem memória e casada com Tristan Cole Hoult, o estranho e elegante bonitão que ela encontrou na balada.A noitada selvagem e sem significado de Shayla se transforma em algo que ela jamais imaginou.Você vai ler a que foi considerada uma das melhores histórias de amor já contadas. O amor intenso entre Shayla e Cole vai mexer com você e te prender até o final. Você vai rir com eles, chorar com eles... E sentir cada vibração do seu coração durante a jornada.(A Esposa Acidental: 151 capítulos e a sequência Me Ame Novamente: 131 capítulos).
Leer másNarrador:
Dana sabía que esa conversación no tenía salida, pero aun así no pensaba retroceder.
—Dana, no es algo a lo que te puedas negar —dijo su padre con voz firme, de esas que no admitían réplica.
—Claro que puedo —respondió ella de inmediato—. Y lo haré.
—No estás en posición de elegir.
—Pero voy a hacerlo de todas formas, te guste o no, papá —la joven hizo una pausa. Sabía que lo que iba a decir a continuación iba a desatar un conflicto aún mayor, pero aun así no se detuvo—. Mamá estaría decepcionada de ti.
El hombre apretó la mandíbula.
—No metas a tu difunta madre en esto —replicó, y su tono dejó en evidencia la incomodidad que esa mención le provocaba—. Ella era una soñadora sin remedio, y eso fue lo que la llevó a la tumba.
Se obligó a serenarse, respiró hondo y continuó con una firmeza casi cruel:
—No voy a permitir que tú también arruines tu vida como ella lo hizo.
Dana lo miró incrédula, la rabia subiéndole desde el pecho.
—¿Arruinar su vida? —repitió, ahora claramente ofuscada—. ¿De verdad llamas arruinar su vida al hecho de ser una médica tan humana que literalmente dejó la suya en esa profesión?
—Sí —respondió él sin titubear—. Le ofrecí una y mil veces instalarle un consultorio aquí, con todas las comodidades. Pacientes de primer nivel, seguridad, estabilidad… —comenzó a caminar por la habitación, agitando las manos con frustración—. Pero no, para la señora no era suficiente. Tenía que ser una santa. Tenía que irse a África a enfermarse ayudando a Médicos sin Fronteras.
Se detuvo frente a ella y la miró con un pesar que parecía ensayado.
—Si me hubiera hecho caso, no habría enfermado. Seguiría aquí, con nosotros —sus ojos se nublaron—. Nunca voy a perdonarle lo que nos hizo.
—Pues fíjate que yo estoy muy orgullosa de mi mamá —contestó Dana sin bajar la mirada.
Al notar que el rostro de su padre volvía a endurecerse, agregó, ya sin freno:
—Y si pudiera decirnos de qué se arrepiente, seguro diría que de haberse casado contigo, aunque eso hubiera significado no tenerme.
Se lo gritó. Y sin esperar respuesta, se dio media vuelta y se dirigió a la puerta.
—Dana, vuelve aquí. No he terminado.
—Pero yo sí, padre —respondió, con la voz quebrada pero firme—. Así que dile a ese imbécil que me casaré con él solo en sus sueños.
Salió dando un portazo que resonó en todo el salón, dejando a su padre solo, inmóvil, en medio de la habitación.
El hombre se había vuelto a casar con una de las tantas niñeras que habían pasado por la casa. Aquella mujer nunca aceptó a Dana y se encargó de hacérselo sentir cada día. La convivencia se volvió insoportable. Así que él no encontró mejor solución que obligar a su hija a casarse con el hijo de un exitoso industrial, asegurando de paso el futuro de sus empresas.
La única persona que podría haberla protegido de ese destino había sido su madre. Pero ya no estaba.
Había muerto cuando Dana tenía apenas diez años, tras contraer malaria en África, mientras colaboraba con la ONG Médicos sin Fronteras. Ni siquiera pudieron despedirse de ella como correspondía. El ataúd fue sellado en plomo; no se permitió abrirlo. Su padre logró reconocerla en la morgue a través de un vidrio grueso y, luego de eso, tuvo que someterse a un largo proceso de desinfección.
Dana ni siquiera eso tuvo.
El último recuerdo de su madre era la despedida en el aeropuerto. El abrazo fuerte. La promesa de volver en un par de meses. Una promesa que nunca se cumplió.
Por eso, después de aquella discusión y al ver con claridad el futuro nefasto que la esperaba, Dana tomó una decisión: buscar trabajo y huir. Independizarse. Desaparecer.
Para su sorpresa, encontró una solicitud de personal para trabajar en Corea del Sur, específicamente en Seúl. Sin nada que perder, se presentó. Y contra todo pronóstico, fue seleccionada.
Viajó casi de inmediato.
Park Geon-ki era un prodigio. No había nada relacionado con la música que no pudiera hacer bien. Cantaba, bailaba, componía. Todo le resultaba natural. Todo lo hacía con una excelencia que rozaba lo inalcanzable.
Pero para su padre, nunca era suficiente.
Cuando su madre los abandonó, Geon-ki tenía apenas cinco años. Durante mucho tiempo se culpó por ello. Creció cargando una culpa que no le pertenecía, sufriendo más de lo que un niño debería. Con los años, esa culpa se transformó en resentimiento hacia su padre.
Eso fue lo que lo llevó a irse de casa.
Poco después, logró ingresar como aprendiz en una pequeña empresa de entretenimiento. Creía haber escapado de la sombra paterna. Creía haber sido libre. Pero la libertad le duró poco.
Park Kang-jae dio con su paradero.
Y al negarse Geon-ki a regresar, su padre tomó una decisión: compró la empresa. La transformó en una de las más importantes del rubro del entretenimiento.
Durante más de diez años, Geon-ki trabajó sin descanso junto a los otros siete miembros de su grupo. Ocho jóvenes. Ocho historias distintas. Ocho pasados marcados. Pero un mismo futuro que querían construir juntos.
—¿Por qué esa cara larga, Geon-ki? —preguntó su padre, con falsa calma.
—¿Y me lo preguntas? —explotó él—. Toda la vida intentaste gobernarme. Cuando por fin me creí libre, compraste mi libertad para encerrarme otra vez. Y ahora presentaste una solicitud para dilatar la entrada al servicio militar de todos… menos el mío. Para mí pediste exoneración.
—Creí que no querías ir.
—Y no quiero —respondió, tratando de controlarse, sin éxito—. Pero no querer es una cosa. Deber hacerlo es otra. No somos solo un grupo de música. Somos una familia. No quiero privilegios por encima de ellos.
—Yo solo puedo gestionar tu exoneración —se defendió Kang-jae—. Me deben favores, pero no tantos como para arreglarlo todo.
—Lo que no sabes —replicó Geon-ki— es que ya me llegó la carta. El pedido fue rechazado. Así que, como verás, hay cosas que ni el gran Park Kang-jae puede comprar con su dinero.
—Pero, Geon-ki…
—No —lo cortó—. Yo no te pedí que hicieras algo así. Y si me preguntas, estoy feliz de que lo hayan rechazado. No, no quiero alistarme. Pero debo hacerlo. Y eso me hace sentir orgulloso.
Suspiró, cansado.
—Lamento que a ti no te haga sentir lo mismo. Me gustaría que, al menos una vez, te sintieras orgulloso de una decisión mía sin intervenir ni tratar de arruinarla.
Vinte minutos depois, a casa tinha um cheiro agradável de produtos caseiros. Cole entra na cozinha enquanto sua esposa prepara panquecas. Ele envolve seus braços em volta dela por trás e beija seu pulso. “Tão bom quanto esta comida cheira, mal posso esperar para te comer mais tarde”, Cole rosna em seu ouvido, com desejo, fazendo-a sorrir.“Shh, amor, as crianças vão ouvir você”, Shayla sussurra de volta, olhando para ele, e ele corresponde ao sorriso dela se aproximando."Eles nem estão aqui", Cole ri, beijando-a suavemente. Shayla envolve os braços em volta do pescoço do marido e abre os lábios quando a língua dele pede permissão para encontrar a dela.“Ah, que nojento. Mamãe e papai estão se beijando de novo”, RJ resmunga, entrando na cozinha, seguido por Alaia, que faz uma careta ao se sentar à mesa de jantar. Shayla e Cole riem e se separam."Agora você sabe como nos sentimos quando você traz suas ‘amiguinhas’ aqui", Alaia retruca, fazendo aspas no ar, revirando os olhos enquan
Dezesseis anos depois.Em uma bela manhã de sábado, no mês de agosto, Shayla Hoult rola na cama que divide com seu lindo marido, Tristan Cole Hoult, e sorri satisfeita. Na tenra idade de 46 anos, ele ainda era tão bonito como sempre. Ela se deita de lado e o admira, enquanto ele dorme. Ele ainda parece o mesmo, mas mais velho, com linhas finas que vinham com a maturidade, o que o tornava ainda mais sexy. A barba por fazer tinha manchas cinzentas, que ela adorava."Por que você está me encarando?", Cole murmura, seus olhos ainda fechados, fazendo com que sua esposa se sobressalte, perdida em seus pensamentos. Shayla sorri, suas bochechas corando de leve, e se estica para passar os dedos na bochecha dele. Cole sorri, abre os olhos e pisca, olhando para sua linda esposa, que sorri para ele com amor."Há quanto tempo você está acordado?" Shayla ri quando ele envolve seu braço forte em volta da cintura dela e a puxa para mais perto, até que ela esteja pressionada contra ele."Não muito
Expiro devagar, e Cole se senta e acende a luz, piscando algumas vezes até que seus olhos se ajustem à claridade. “Minha bolsa estourou”, digo, e ele se mexe, empurra as cobertas e sai da cama. Eu o vejo andar ao redor da cama para o meu lado, e ele segura minha mão para me ajudar a sentar."Você está tendo contrações?", ele questiona, afastando meu cabelo do rosto, e eu aceno. "O que você precisa que eu faça?", ele pergunta.Respiro fundo quando outra contração vem. Espero passar antes de falar: “Ligue para minha parteira e depois para minha mãe. Diga a ela que estou em trabalho de parto e vamos levar Laia para lá”, eu o instruo, e ele beija minha testa antes de pegar meu celular. Enquanto Cole está ao telefone, tiro minhas roupas molhadas e coloco uma calça de moletom confortável cinza e um dos casacos grandes de Cole. A dor está piorando a cada minuto, e estou preocupada se vamos conseguir chegar ao hospital. “Cole, temos que ir. Agora mesmo", choramingo, e ele olha para mim, perp
"Shay." Ergo meus olhos da minha barriga de grávida e olho para meu marido, que rola quando eu acendo o abajur. "Você está bem?", Cole questiona, sonolento, e eu olho para ele com raiva."Por que esse bebê não sai?", grito com raiva, e Cole geme, inclinando-se sobre o cotovelo e olhando para mim, seus olhos verdes se estreitam."Talvez ele goste daí e não esteja pronto para sair ainda", ele sorri, esfregando minha barriga, e o bebê se contorce dentro de mim ao toque de seu pai. Minha data do parto foi há seis dias, e essa criança teimosa não dá sinais de que vai chegar tão cedo."Já foi o suficiente", choramingo, agitada. "Estou desconfortável. Não prego o olho há dias e estou inchada como uma baleia encalhada. Olhe para mim", reclamo, gesticulando para mim mesma, e Cole deixa seus olhos vagarem sobre meu corpo e sorri. "O que você está olhando?"Ele pisca, confuso."Você acabou de dizer...""Tire esse bebê de mim agora", bufo, e Cole coça a testa, as sobrancelhas fundidas com fo





Último capítulo