A la mañana siguiente, Elena estaba sentada en el comedor, perdida en sus pensamientos, recordando lo que había descubierto la noche anterior y las advertencias de su esposo.
Estaba tan absorta que no notó cuando alguien dejó un platillo frente a ella. Al levantar la vista, se encontró con la mirada fría e indiferente de la cocinera, una mujer que nunca la había tratado con amabilidad desde su llegada.
—¿No desayunará mi esposo? —preguntó, confundida. Siempre le servían después de que Giovanni