El reloj en la pared del salón principal marcaba las diez de la mañana cuando el resonar del timbre de la puerta principal interrumpió el silencioso ajetreo en la mansión Romagnoli. Bellini caminó hacia la entrada con su porte habitual de impecable y solemne.
Al abrir, se encontró con un hombre de porte sobrio y mirada penetrante.
—Buenos días, soy el detective Lorenzo Bruni. Estoy aquí para hablar con el señor Giovanni Romagnoli —dijo el hombre de modo formal.
Bellini lo miró con una expresió