Al llegar al hospital, Diego llevaba a Amaranta entre sus brazos.
—¡Está embarazada, por favor, ayúdenme!
La pusieron en una camilla y la llevaron hasta una habitación. Mientras una ginecóloga la revisaba, el hombre tuvo que esperar afuera.
—Llamen a la policía, vayan por esos hombres, que los encarcelen.
Los hombres de Diego obedecieron.
Diego no estaba en paz, caminaba de un lado a otro, tenìa mucho miedo.
«Si no hubiera llegado a tiempo, Amaranta estaba en riesgo, y todo por mi culpa. Fui yo