Diego salió de la habitación, estaba destrozado. El doctor le indicó que la ginecóloga volvería más tarde y revisaría a Amaranta. Luego de eso, entonces, ella podría ser dada de alta.
El hombre fue hasta la cafetería, necesitaba calmarse, las palabras de Amaranta fueron como dagas en su pecho.
«Merezco todos los insultos, he sido el peor de los idiotas», pensó.
Amaranta intentó levantarse, aún escuchaba la tormenta caer.
—Debo irme, no puedo seguir aquí, no quiero estar con él.
Se levantó, se vi