—¡Mia! ¿Qué haces aquí? —exclamó la mujer, incrédula, parecía ver a un fantasma, tuvo que retroceder unos pasos, solo para ver si Mia estaba entera y bien.
—¿Cómo estás? Pensé que te había pasado algo malo, quise venir.
Darina la soltó, entonces, lanzó un suspiro.
—Estoy bien, pero, no debiste venir, te pusiste en riesgo.
Mia aún tenìa ojos cubiertos por lágrimas.
—Lo sé, es que, no quería que nada malo te pasara.
—¿Y qué hubieras hecho tú? No eres doctor, ni rescatista, no podría cuidarme, est