Enrique estaba desesperado, buscó en cada hospital, pero nadie le daba razón sobre ella.
—¡¿Dónde estás, Amaranta?! —golpeó el cofre de su coche, y condujo de nuevo a casa, se preguntaba si su madre había revelado la verdad, solo así, entendería que ella ya no lo quisiera cerca, y eso le dolía.
Cuando llegó a la casa, buscó a su madre, se acercò a ella, parecía como una fiera herida.
Silvia tuvo miedo, retrocedió, preguntándose, si sabía que ella entregó a la joven a Diego Estévez.
—¡¿Dónde está