Jerónimo miró a Enrique.
—Padre, perdóname, por favor, no sé qué me pasó, me dejé llevar por…
—Por la ambición, por la lujuria, ¿cómo puedes ser mi hijo, Enrique?? No te importó tu hermano, no te importé yo. Sabías que esa mujer era una traidora, pudiste decirlo desde que esto empezó. ¡Hubieras evitado el divorcio de Jorge y Mariza!
—¡¿Qué!? —exclamó incrédulo.
—¡Ayuda! —escucharon los gritos.
Se miraron a los ojos, y fueron corriendo.
Cuando entraron a la casa, escucharon los lamentos de Amaran