—¡Yo nunca le daré el divorcio a Enrique! Es mi esposo, y aunque se revuelque con mil zorras, será solo mío.
Enrique arrebató las fotografías de las manos de Amaranta, pero era tarde. Podía ver que la forma en que ella lo miraba había cambiado.
—Amaranta, yo…
—¡A mí es a quien le debes pedir perdón!
Enrique mirò a Valeria con odio.
—¡Se acabó! —gritó—. ¡Estoy harto de ti, de tu mala actitud, de tu amargura! No importa que seas bella, o que seas de alta alcurnia, escúchame bien, Valeria, estás lo