Mariza estaba muy asustada. Mónica estaba en la zanja, gritaba y sufría.
—¡Ayuda! —lloriqueaba adolorida.
—Tranquila, por favor, todo va a estar bien. Espera aquí, iré por ayuda.
—¡No! —gritó—. No te atrevas a abandonarme aquí, Mariza, seguro de que quieres matarme, ¡me has empujado! Si mi bebé muere, ¡será tu culpa! ¡Asesina!
Mariza estaba perpleja ante las palabras de esa mujer enloquecida
—¡¿Qué…?! Yo no te hice nada, reacción, Mónica, podría dejarte aquí. Si te controlas, no hay forma en que