Los ojos de Mariza se volvieron llorosos, sus manos temblaban, no podía creerlo, su corazón latía, vio la fotografía una y otra vez.
«¡Siempre fuiste tú! ¡Siempre fuiste tú!», pensó con rabia.
Las lágrimas rodaron por sus ojos.
—¿Mami?
Mariza cargó a Lucas, pensó en lo cerca que estuvieron de èl, y en el peligro que pudieron correr.
Mariza llamó a la niñera.
—Lleva a Luca a su habitación, que vea la televisión ahí y duerma su siesta.
La mujer lo hizo. Mariza cargó a su pequeña Helena, las lágrim