—¡¿Qué demonios dices?! —estalló Enrique—. Nunca te casarás con ella.
Diego mirò a Enrique con profunda rabia.
Jorge supo que debían calmarse, tal como lo dijo Diego, estaban en sus manos.
—Vamos a calmarnos, esto no es para tanto, podemos llegar a un arreglo. Diego, esto se trata de negocios, nunca involucramos el corazón con el dinero, ¿Verdad? Sé que eres más hombre que esto —dijo
Diego tuvo que soltar su enojo.
—Al menos quiero hablar con Amaranta, quiero saber de su propia voz, él por qué c