Ariel sollozaba y gritaba de dolor.
—¡Ayúdenme! Por favor, ¡salívenme! —gritaba, pero nadie la salvaba.
—Habla, o te mataremos a golpes.
—¡Está bien! Lo diré, lo diré.
—Dilo —dijo una mujer.
—Bien, se llama Luis Saavedra, es un colega de mi generación de colegio.
La mujer sonriò, apretó sus mejillas con tal fuerza, que Ariel sintió que podía quebrarle sus dientes.
—¿Estás segura?
—¡Sí, lo juro! —dijo chillando.
La mujer la soltó, salió de ahí, y mirò atrás.
—Ya saben lo que tienen que hacer.
Ar