—¿Qué dices, Mia? Al menos ten el valor de darme la cara —sentenció—. Reconoce que me engañaste.
—¡Ya basta! —exclamó Diego, y mirò a Mia—. Explícanos, hija, porque esta no eres tú, tú no eres así. Dinos, ¿qué pasó?
—¿Cómo puedes preferir el lado de Mia?
—¿Al menos la has escuchado una vez, Arturo? —exclamó Amaranta—. Alguna vez le has dejado hablar.
—¡No tengo nada que escucharle!
Arturo quiso irse, pero su padre lo detuvo.
—¡La escucharás, y es una m*****a orden! No eres un niño, pero me estás