ROMÁN
— Ni siquiera voy a preguntar.
—Bien. No deberías—, le respondo a su hermano, retomando mi asiento detrás de mi escritorio mientras alzo una ceja ante las migas de su camisa y el azúcar en polvo en sus dedos. Es tan malo como mi rebelde, no dejó nada en la bandeja, pero fue lo suficientemente inteligente como para no tocar los que yo había dejado en un plato para mí. —Y yo tampoco lo haré. Negación plausible.
—La decisión de apuestas de tu vida—. El encogimiento de hombros de Lionel es