Al instante, los guardias de seguridad acudieron de todas partes, sujetaron firmemente a la persona que arrojaba las botellas contra el suelo y le quitaron la máscara y el sombrero.
Aquel hombre no era José.
Julieta se quedó paralizada.
—¿Dónde está José?
El hombre escupió hacia ella.
—¡Bah, las mujeres son lo más vil! No tengo nada que decirte. También fui yo quien tiró los ladrillos por la mañana. ¡Sólo quiero matarte, mujer venenosa!
No reconoció al hombre, pero supuso que debía estar relacio