Leandro dejó de caminar, pero no se dio la vuelta.
—Julieta, no puedo dejarla morir —dijo con voz baja y ronca.
Al oír esto, Julieta pudo continuar. Se limitó a mirarle la espalda y a sonreír amargamente.
Sentía mucho dolor en el corazón, como si la hubieran apuñalado. La frialdad de él se colaba por los agujeros de su alma, poniéndole el cuerpo rígido. Sentía tanto frío que hasta su pena y su dolor se congelaron junto con ella. Leandro acababa de decir ‘No puedo dejarla morir’, lo que implica